Señoras y señores;
Nos encontramos, una vez más, en el patio de honor de esta entrañable Casa en ocasión de celebrar la creación, hace ya 193 años, del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Quiero hacer especial hincapié en la fecha raigal que motiva esta ceremonia que conmemoramos anticipadamente al 3 de agosto, y recordar que la creación del Ministerio de Relaciones Exteriores se remonta al nacimiento mismo del Perú como Estado independiente. El 3 de agosto de 1821, apenas a seis días de haber proclamado la Independencia del Perú, el General don José de San Martín firmó el decreto que creó el entonces llamado Ministerio de Estado y de Relaciones Exteriores, así como los de Guerra y Marina y de Hacienda, en el orden mencionado. Este decreto constituyó el primer precedente de nuestra historia institucional y marcó, asimismo, el inicio de la tradición de prelación de nuestro Ministerio en la Administración pública.
La primera disposición orgánica sobre el Servicio Diplomático debió esperar a que se asentara la institucionalidad republicana en tiempos de la administración del presidente Ramón Castilla, Gran Mariscal del Perú, y de su Canciller don José Gregorio Paz Soldán, a mediados del siglo XIX. Uno de los aspectos de la modernización del Estado de entonces fue el paso –pionero en Latinoamérica- hacia la profesionalización de los diplomáticos peruanos como funcionarios de Estado.
Es célebre el decreto expedido el 31 de julio de 1846, convertido en ley en noviembre de 1853, en el cual se planteó por primera vez una función diplomática especializada, con cualidades propias acordes con la época. Una activa política exterior en el campo regional ameritó esfuerzos por iniciar la institucionalidad de esta Casa.
A su vez, las funciones y atribuciones del Ministerio de Relaciones Exteriores, así como su primera organización administrativa estable, se encuentran descritas tanto en la llamada Ley de Ministros del 4 de diciembre de 1856, como en el decreto del 1 de marzo de 1857. Fue un tiempo cenital de la política exterior en el que el Perú alcanzó un prestigio internacional hasta entonces inédito. Todavía hoy nicaragüenses y costarricenses evocan el solidario apoyo del Perú en tiempos de las agresiones externas, y son recordadas igualmente las convocatorias a los congresos americanos de Lima de 1847 y 1864.
El primer siglo de nuestra vida independiente fue una época que llegó a ser caracterizada por Jorge Basadre como “inestable y empírica, incoherente y discontinua en la administración pública”. No obstante, contra este telón de fondo, la labor de nuestro Ministerio contrastó con el funcionamiento de otras instancias del Estado de entonces. No pocos fueron los referentes que marcaron derroteros fundamentales en nuestra vida institucional. En sus gestiones de ejecución y de asesoría en política exterior, diplomáticos del siglo XIX como José María de Pando, José Antonio de Barrenechea, Pedro Gálvez Egúsquisa, Toribio Pacheco, Antonio Ribeyro y luego su hijo Ramón, José Antonio de Lavalle, entre otros, supieron combinar, en equilibrio adecuado, una permanente actitud de defensa de los intereses soberanos del Perú con una positiva proyección internacional solidaria de corte americanista.
Semejante entrega y relevancia tuvieron sus continuadores del siglo XX, entre quienes puedo citar a Víctor Maúrtua, Alberto Ulloa Sotomayor, Víctor Andrés Belaúnde, Raúl Porras Barrenechea, Juan Miguel Bákula, Carlos García Bedoya, Javier Pérez de Cuéllar, entre muchos otros destacados diplomáticos que dieron brillo a nuestra institución.
En este contexto, diversas normas fueron consolidando paulatinamente la institucionalidad de nuestro Servicio. A finales del siglo XIX la Ley 1890, en una etapa de reconstrucción del país, fue otro gran paso en este proceso, con mayores exigencias académicas para ejercer el servicio exterior. Esta norma, junto con otras ya en el siglo XX, como el Decreto de 1914 que creó el Escalafón Diplomático, fueron finalmente consagradas en la Primera Ley que reguló normativamente el Servicio Diplomático, la Ley 6602, en el año 1929. Su artículo 1º consagró: “El Servicio Diplomático del Perú constituye carrera pública, sólo los que han ingresado en ella…….pueden ser designados para funciones diplomáticas”. Esta norma cuasi fundacional, una de las primigenias en la región, fue promulgada en un contexto de apertura y modernidad en nuestro país, en el cual la presencia de nuestro servicio exterior se incrementó sustancialmente. Esta ley fue reglamentada en 1953, incluyéndose por primera vez disposiciones referentes al concurso a través de la Academia Diplomática, creada dos años más tarde.
Esta Ley rigió casi 50 años, hasta la dación del Decreto Ley 22150 en el año 1978, durante la gestión del Canciller José De la Puente Radbill, norma que tuvo igualmente un largo período de vigencia. Las leyes posteriores que organizan este Ministerio y al Servicio Diplomático, con sucesivas modificaciones, son ampliamente conocidas, hasta llegar a la Ley 28091 que nos rige en la actualidad, posteriormente modificada, aprobada en el año 2003 al término de la segunda gestión del Embajador Alan Wagner como Canciller de la República.
No es mi intención ahondar en la recopilación normativa e histórica de esta casa que tan magistralmente han registrado insignes diplomáticos como Juan Miguel Bákula y Alberto Wagner de Reyna. Mi intención es solamente destacar en esta fecha conmemorativa, que la reconocida institucionalidad de la que hoy gozamos ha tenido una larga trayectoria, y que su evolución ha respondido en diversas ocasiones a las nuevas exigencias y desafíos que nos plantea el siempre evolutivo entorno internacional.
Queda entonces en evidencia, la necesidad de mantener una permanente sintonía con nuestro pasado, que es fecundo en advertencias y enseñanzas.
Al lado de tan rico legado histórico, en la actualidad constatamos con satisfacción nuevos e importantes avances en las materias internacionales que conciernen al país. No se trata solamente del efecto de circunstancias favorables externas a nuestra institución sino, sobre todo, es el resultado del trabajo constante, paciente y responsable de los miembros del Servicio Diplomático de la República y los demás servidores del Ministerio de Relaciones Exteriores, en la proyección de la acción externa asociada a políticas de Estado.
En este camino podemos exhibir logros muy importantes en el ámbito de nuestras responsabilidades, vale decir, en el planeamiento, la coordinación y la ejecución de la política exterior, cuya dirección corresponde constitucionalmente al señor Presidente de la República. En efecto, en años recientes, la diplomacia peruana ha jugado un papel crucial en el cierre de las últimas fronteras del país que quedaban por definir. Me resulta imposible no referirme aquí al proceso de solución de la controversia sobre límites marítimos con Chile, zanjada el pasado mes de enero merced a una sentencia de la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Este proceso constituye una de las gestiones más exitosas en el derrotero reciente de nuestra historia diplomática, a cargo de un destacadísimo grupo de profesionales diplomáticos, juristas, oficiales y técnicos, brillantemente liderado por el Embajador Allan Wagner Tizón junto con el Embajador José Antonio García Belaunde.
Vivimos en la actualidad un tiempo de expansión de la política exterior del Perú y de positiva proyección de su imagen en el mundo. A ello me referí hace tan solo una semanas y no quisiera entrar en un pormenorizado recuento de cómo interpreto las prioridades, los logros, y también los desafíos de nuestra política exterior. Me limitaré, tomando las palabras del Canciller Gonzalo Gutiérrez, a caracterizar al Perú como una “potencia regional emergente en América Latina”. En efecto, el Perú es, hoy, como Estado, un actor constructivo de creciente liderazgo que gana cada vez mayor presencia y prestigio en el mundo. Y, como ocurrió en otros momentos de nuestra historia, pero hoy de manera especialmente visible, nuestro Servicio Diplomático es un factor esencial de este dinamismo.
No obstante, sería un error caer en la autocomplacencia y en una visión acrítica sobre nuestra labor. La celebración de la creación del Ministerio de Relaciones Exteriores y del Día del Diplomático, es ocasión también para reflexionar, con una visión amplia y objetiva, sobre cómo continuar perfeccionando nuestro trabajo de cara a los retos que aguardan al Perú en el exterior.
En este marco, es oportuno recordar que el Estado Peruano se encuentra empeñado en la Modernización de la Gestión Pública. El Servicio Diplomático de la República como gestor del Ministerio de Relaciones Exteriores no es ni debe ser ajeno a dicho proceso y como tal nos encontramos empeñados en ejecutar un proyecto de Modernización de nuestra Gestión que ya hemos iniciado y que deberá concretarse en el futuro cercano.
Esta compleja tarea comprende muchos ámbitos de acción como son el planeamiento estratégico con la identificación de metas y objetivos medibles en el mediano y largo plazo y su alineamiento con las políticas nacionales de modernización y desarrollo; la adecuada gestión de los recursos humanos a través de una política que anticipe los requerimientos de personal, estructure los cuadros y planes de carrera y estimule el perfeccionamiento y la capacitación adecuándolos a las necesidades reales de la política exterior; la adopción, en las áreas en donde ello sea posible, del presupuesto por resultados; los ajustes en el rediseño de una estructura organizacional que sea más funcional a los objetivos de la acción externa del Estado; la mejora de la infraestructura y la optimización en el uso de herramientas tecnológicas para hacer más eficientes los procesos de gestión; la ampliación de la red de misiones en el exterior y de nuestras oficinas desconcentradas, entre otros. Llevar adelante este proceso es una tarea impostergable, y su exitoso desarrollo redundará en el fortalecimiento institucional y en una implementación más eficiente de nuestra política exterior.
No soy amigo de las promesas fáciles y menos aprovechar ocasiones como ésta para formularlas. No obstante, deseo llamar la atención sobre la necesidad de que el trabajo de la Comisión de Personal que me corresponde presidir, trascienda y deje de ser asociada exclusivamente al siempre complicado proceso de ascensos o promociones y traslados. Su labor debe ser de evaluación y monitoreo permanente, y de acompañamiento y soporte para el fortalecimiento de capacidades y la cohesión institucional. Le corresponde asimismo velar por los derechos y los deberes de los miembros del Servicio Diplomático.
Del mismo modo, debemos hacer los esfuerzos necesarios para fortalecer permanentemente el rol de la Academia Diplomática que contemple el incremento de su oferta de estudios orientada a una mayor especialización de los funcionarios y el fomento de la investigación académica en materia de Relaciones Internacionales y Diplomacia.
Como Jefe del Servicio Diplomático convoco al esfuerzo y al concurso de todos los colegas para llevar a buen puerto esta tarea ineludible que es necesariamente colectiva. Esperamos con similar expectativa, que el Estado retribuya mediante una justa nivelación salarial y las seguridades de una pensión adecuada que reconozca la alta especialización, la capacidad profesional, y el aporte a la nación que prestan día a día los miembros del servicio diplomático. Seguiremos apoyando con decisión las gestiones en curso para alcanzar este justo objetivo.
Estimados colegas,
A pocos años de la celebración del bicentenario de nuestra Independencia, el Ministerio de Relaciones Exteriores puede exhibir orgulloso, gracias a la labor de varias generaciones de diplomáticos peruanos, su solidez y solvencia institucional reconocidas y respetadas nacional e internacionalmente. En este sentido, deseo resaltar el papel fundamental que cumple el Servicio Diplomático de la República y es por esta razón que junto a la creasción del Ministerio de Relaciones Exteriores, celebramos hoy el Día del Diplomático peruano.
Esta ceremonia es pues una ocasión más que propicia para recordar con gratitud, respeto y legítimo orgullo a los colegas que nos antecedieron en las responsabilidades que hoy nos toca asumir, e invocar a su vez, a los jóvenes diplomáticos que se encuentran en los peldaños iniciales de la carrera, a respetar y honrar el legado de tan valiosa tradición, trabajando y esforzándose con responsabilidad y compromiso institucional para que esta Casa, a la que nos debemos, siga siendo un bastión en la proyección y defensa de los intereses del Perú.
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